El origen del cazador, parte 1
Coerthas, veintisiete años atrás.
Era un día de primavera como cualquier otro en las llanuras de Coerthas.
El sol calentaba la hierba verde y el viento venía manso desde el este. Nada presagiaba nada. Y quizás por eso, cuando ocurrió lo que ocurrió, nadie estuvo preparado.
Por los bordes del Sudario Negro avanzaba una hilera de chocobos. El enorme bosque alzaba sus árboles a sus espaldas como centinelas mudos, guardianes de la nación de Gridania, hogar de tribus y pueblos que vivían bajo la protección —y la vigilancia— de los elementales, la voluntad de la naturaleza hecha forma. Los chocobos marchaban nerviosos, como siempre que se acercaban demasiado a aquella frontera verde y oscura.
Al frente de la hilera cabalgaban dos hyurs jóvenes. Una pareja. Criadores de chocobos, recién casados, todavía con esa ligereza en los ojos que dan los primeros meses de vida compartida. Señalaban los árboles, comentaban algo en voz baja, reían.
Entonces lo oyeron.
Un llanto.
Agudo, desesperado, inconfundiblemente infantil.
Los chocobos se agitaron. Los jinetes intercambiaron una mirada y espolearon a sus monturas. No era raro que las bestias del bosque acechasen desde las sombras a lo que se movía por las llanuras. Un llanto así podía significar muchas cosas, casi ninguna buena.
Lo que encontraron fue el esqueleto de una pequeña caravana. Destrozada. Los tablones rotos, las pertenencias desperdigadas, las marcas en el suelo hablando de una huida precipitada y a pie hacia algún lugar que probablemente nunca alcanzaron. Los jinetes lo leyeron en silencio, con el semblante serio. Marcharse a pie por los bordes del Sudario era firmar una condena.
Y entonces el llanto volvió a llamarlos.
Dentro de una caja de madera, envuelto en mantas como si alguien lo hubiese escondido con prisa y con amor, había un bebé. Un miqo'te de pocos meses, quizás sin llegar al año, con las mejillas encendidas y los puños apretados contra el frío. En la manta, trazadas con torpeza pero con cuidado, había dos palabras.
H'oku.
Tiempo después, una vez reportado el incidente y concluida la investigación, se supo que la caravana pertenecía a un pequeño grupo de comerciantes de Gridania que nunca llegaron a Ishgard. No se encontraron cadáveres. No hubo forma de identificar a los padres, ni a ningún familiar. El niño no tenía a nadie.
Así que alguien decidió que sí lo tendría.
H'oku creció con los criadores de chocobos. Con la familia Karthean, de Coerthas.
Coerthas, veinte años atrás.
—Papá, no quiero. No me gusta cómo enseña sir Ardleau.
—Hoku, hijo, no hay otro instructor de esgrima en el pueblo. ¿Cómo pretendes aprender si no?
—¡Aprenderé de algún aventurero! Así podré marcharme de aquí, ganar dinero y haceros ricos a los dos. Mamá y tú no tendríais que volver a trabajar en vuestra vida.
El hombre que discutía con él llevaba ya unos cuantos años en el cuerpo y más aún en la paciencia. Miraba a H'oku con esa mezcla de exasperación y ternura que solo se aprende después de muchas conversaciones iguales a esa. El muchacho, por su parte, había crecido con prisa: la piel tostada, las manos cruzadas de arañazos, los ojos ya con ese brillo inquieto de quien ha olisqueado el horizonte y no puede quitárselo de la cabeza.
Tenía madera de aventurero. Era evidente para cualquiera que lo viese. Pero también era evidente para cualquiera que lo viese pelear.
Cuando H'oku tomaba una espada y seguía los pasos del estilo isghardiano, parecía un árbol intentando bailar. Rígido, incómodo, fuera de sitio. Sir Ardleau lo miraba como si le doliese algo por dentro.
Pero cuando luchaba libre, contra otros chicos de su edad, sin reglas ni formas que respetar, la cosa cambiaba por completo. Desaparecía la torpeza. Aparecía algo distinto: piruetas, saltos, ángulos inesperados, la paciencia de quien espera el momento exacto para golpear donde duele. No era esgrima. Era caza. Y ganaba casi siempre.
Eso, naturalmente, no le granjeaba demasiadas simpatías entre los más tradicionales del pueblo.
—Te agradezco la intención, hijo. De verdad. Pero necesitas aprender lo básico para sobrevivir. Tienes una mente excepcional y con el arco no te falta talento. Pero ¿qué clase de ishgardiano no sabe manejar una espada? —El padre hizo una pausa—. Y lo que haces tú con la espada no cuenta.
—Sir Ardleau sí que es un animal —resopló H'oku, sacando pecho con una satisfacción difícil de disimular—. Un borrico envidioso porque le di una buena paliza a su estudiante favorito.
—Haber peleado mejor —murmuró el padre, aunque a duras penas consiguió no sonreír. Se llevó la mano al pequeño sombrero de paja justo cuando una ráfaga de aire intentaba arrancárselo de la cabeza. Se lo caló bien y frunció el ceño mirando al cielo—. Hmmm. Un cambio en el aire. Mal presagio.
Luego volvió a mirar al muchacho.
—Dicen que hay un aventurero de tierras extrañas en la posada del pueblo. Si te portas bien y atiendes las clases con sir Ardleau, luego intentamos buscarlo. A ver si nos cuenta algo de sus viajes. ¿Qué dices?
H'oku no tardó ni un segundo.
¿Un aventurero nuevo? ¿De tierras desconocidas?
Asintió con más energía de la estrictamente necesaria.
Siempre había interrogado a cada aventurero que pasaba por la taberna de su tío. Sus historias eran, con diferencia, lo más parecido a un sueño que H'oku había tocado con los dedos. Dinero, fama, combates contra bestias salvajes y malhechores, y la libertad de decidir adónde ir cada mañana. Esa era la vida que quería. La única que podía imaginar para sí mismo.
Y fue ese día, aunque él no lo supiera todavía, el que comenzó a torcer su destino hacia ella.