She/Her
🌐 Written in Español
Es una Au Ra de presencia elegante y serena. Sus cuernos curvados enmarcan su rostro con una fuerza casi dracónica, pero su expresión rompe cualquier dureza: sonríe con una calidez sincera, luminosa, de esas que tranquilizan incluso antes de lanzar un hechizo. Tiene el cabello oscuro con un mechón rojo intenso que cruza su flequillo, como una chispa de carácter bajo esa calma sanadora.
Sus ojos —almendrados y brillantes— transmiten cercanía. No es la mirada distante de alguien altivo; es la de alguien que escucha. Que entiende.
Viste un conjunto negro con detalles dorados finamente trabajados, ceñido y elegante, con un aire casi ceremonial. Las líneas doradas recorren la tela como si imitaran raíces o enredaderas estilizadas. Las botas altas estilizan aún más su figura, y el conjunto, aunque oscuro, no la endurece: la hace ver fuerte. Firme. Protectora.
A su espalda descansa su arma, robusta y ornamentada, con madera y metal que evocan algo antiguo, casi ritual. No parece un simple instrumento de combate: parece una reliquia, un foco de poder canalizado con respeto.
Mucho antes de que empuñara un báculo, antes incluso de comprender su propio éter, Kanhita ya sabía escuchar.
No con los oídos. Con el pecho.
Nació lejos del bullicio de las grandes ciudades, en un enclave donde la naturaleza aún respiraba sin miedo. Desde pequeña se alejaba de los demás niños para sentarse junto a los riachuelos, apoyando las manos en la tierra húmeda como si esperara respuesta.
Y la tierra respondía.
No con palabras, sino con sensaciones: un cosquilleo cuando una raíz era dañada, un nudo en el estómago cuando un animal sufría, una calma profunda cuando todo estaba en equilibrio.
Los ancianos decían que era sensible. Los elementales sabían que era elegida.
Cuando una plaga enfermó los bosques cercanos, Kanhita sintió el dolor como fiebre propia. Los árboles se marchitaban, el agua perdía claridad, y la desesperación se extendía más rápido que la enfermedad.
Mientras otros buscaban culpables, ella buscó armonía.
Se adentró sola en el corazón del bosque, donde el éter era más denso y peligroso. Allí, de rodillas sobre la tierra agrietada, no lanzó un hechizo aprendido… sino una súplica.
No pidió poder. Pidió comprender.
Y el éter respondió.
La envolvió una luz suave, no abrasadora, no violenta. Una luz que no destruye para sanar, sino que restaura. Ese fue su primer hechizo verdadero: no uno enseñado, sino nacido del vínculo.
La plaga cedió.
Y Kanhita comprendió que su destino no era combatir la oscuridad con más oscuridad, sino sostener la vida hasta que esta volviera a levantarse.
En los claros más silenciosos del Bosque Negro, donde la luz se filtra entre las hojas como una bendición susurrada, camina Kanhita Astralis, portadora del arte blanco y oyente del latido de la tierra.
Desde pequeña sintió algo que otros no percibían: el pulso de la savia en los troncos, el temblor de las raíces cuando el dolor recorría el suelo, el suspiro débil de las flores al marchitarse. No aprendió a sanar por ambición, sino por empatía. Cada herida ajena la sentía como propia.
Dicen que no eligió la magia blanca. Fue el bosque quien la eligió a ella.
Mientras el bosque respire, yo respiraré con él. Mientras haya vida que proteger, mis manos no temblarán. No soy la tormenta. Soy la lluvia que devuelve la primavera.