Bajo la luz de Limsa Lominsa
La brisa salada de Limsa Lominsa siempre trae consigo historias.
Desde lo alto del puente de piedra, el océano nocturno se extendía como un manto oscuro, surcado por reflejos plateados de la luna. Las linternas del puerto balanceaban su luz con el viento, proyectando sombras largas sobre la madera húmeda y las torres blancas que se alzaban orgullosas contra el cielo de Eorzea. A lo lejos, se oía el crujir de los mástiles y el murmullo grave del mar golpeando contra los muelles.
Habíamos caminado durante horas.
Desde los caminos escarpados de La Noscea hasta las alturas de la ciudad, sin detenernos más que lo imprescindible. El deber no entiende de cansancio… pero mi cuerpo sí.
Cada paso al cruzar el puente me había parecido más pesado que el anterior. Mis botas estaban cubiertas de polvo y sal, mis piernas ardían con un dolor profundo que ya no podía disimular. Aun así, seguí avanzando detrás de él, observando cómo la brisa agitaba su cabello mientras su figura recortaba el horizonte marino.
Cuando por fin nos detuvimos junto a la barandilla, fingí que solo contemplaba el paisaje. Pero al sentarme, el dolor me atravesó como una ola fría. Cerré los ojos un instante, esperando que el viento ocultara mi respiración temblorosa.
No lo hizo.
—Has caminado demasiado —dijo él, con esa calma firme que siempre usa cuando intenta no sonar preocupado.
Negué con suavidad.
Mentí.
La noche en Limsa estaba viva: marineros riendo en la distancia, el sonido de una campana marcando la hora, el aroma a madera mojada y a sal. Todo era tan vasto, tan eterno… y yo me sentía tan frágil.
Él dejó su bastón apoyado contra la piedra y sin pedir permiso, se sentó a mi lado y sus manos, cálidas pese al viento marino, rodearon mis tobillos con cuidado y elevaron mis piernas hasta apoyarlas sobre su regazo. El contraste entre el frío de la noche y el calor de su contacto me arrancó un suspiro involuntario.

—¿Qué haces…? —murmuré con el calor subiéndome al rostro más rápido que cualquier herida. No respondió y sus dedos comenzaron a presionar con firmeza paciente sobre mis pantorrillas doloridas.
El primer roce fue casi punzante.
El segundo… alivio.
El tercero me hizo cerrar los ojos. Las luces del puerto parpadeaban detrás de mis párpados, mezclándose con la sensación de sus pulgares trazando círculos lentos, atentos, como si estuviera descifrando cada paso que había dado ese día. El dolor empezó a deshacerse bajo sus manos, fundiéndose con el rumor constante del mar.
—No eres un retraso —murmuró, cuando intenté disculparme.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, más cálidas que cualquier manta.
Abrí los ojos y lo miré. Allí, bajo el cielo abierto de Eorzea, entre torres blancas y mareas eternas, no era el guerrero firme que enfrentaba tempestades. Era solo él. Inclinado hacia mí. Cuidándome.

Apoyé la espalda contra la piedra fría y dejé que mi cuerpo, por fin, cediera. El puerto seguía respirando a nuestro alrededor; el mundo no se detenía. Pero en ese rincón del puente, el tiempo parecía haberse rendido.
La sal del aire se mezclaba con su cercanía. El sonido del océano marcaba el ritmo de su respiración. Mis piernas descansaban sobre él sin resistencia, y el dolor, que horas antes parecía insoportable, ahora era apenas un recuerdo lejano.
Quizá mañana volveríamos a caminar por los senderos de La Noscea.
Quizá el deber volvería a llamarnos.
Pero esa noche, en lo alto de Limsa Lominsa, comprendí algo que ninguna batalla me había enseñado:
Incluso en la ciudad de los corsarios, incluso en el corazón indomable de Eorzea…
Había encontrado mi puerto seguro.
En sus manos.
